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Sororidad en tensión: la política michoacana frente a sus propios límites

La presencia de mujeres en la política michoacana ha dejado de ser excepcional. La paridad, al menos en términos formales, es hoy una realidad. Sin embargo, asumir que ese avance se traduce automáticamente en sororidad es una simplificación que conviene revisar.

La sororidad no es una consecuencia natural de la representación. Es una construcción política que requiere condiciones específicas para consolidarse. Y esas condiciones, en el caso de Michoacán, siguen estando mediadas por reglas que no fueron diseñadas para favorecerla.

El sistema político local continúa operando bajo una lógica de validación que privilegia la competencia antes que la articulación. Los incentivos partidistas, los procesos internos y la propia dinámica electoral tienden a fragmentar a los liderazgos femeninos, colocándolos en escenarios de disputa donde la cooperación resulta, en el mejor de los casos, secundaria.

No se trata de una falta de disposición entre mujeres, sino de un entorno que penaliza la construcción de alianzas horizontales. La política, entendida como ejercicio de poder, sigue atravesada por códigos que responden a una lógica masculina: control de estructuras, lealtades verticales y confrontación como mecanismo de posicionamiento.

A ello se suma un elemento menos visible, pero igualmente determinante: la persistencia de una mirada masculina que se asume como sinónimo de objetividad. Bajo esa lógica, las decisiones, los diagnósticos y las validaciones que pasan por ese filtro adquieren mayor legitimidad, mientras que aquellas construidas desde perspectivas distintas tienden a ser percibidas como parciales o interesadas. No es una valoración explícita, pero sí una práctica constante que termina por moldear el margen de acción de los liderazgos femeninos.

En ese contexto, la sororidad aparece como una posibilidad acotada. Puede manifestarse en momentos específicos, pero difícilmente logra consolidarse como un eje permanente de acción política. No porque sea inviable, sino porque el sistema no la incentiva.

La paradoja es evidente: a mayor presencia de mujeres, mayor también la exposición a dinámicas que reproducen esquemas tradicionales de competencia. La inclusión, sin transformación de las reglas, corre el riesgo de integrarse sin alterar el fondo.

Por ello, el debate no debería centrarse en la existencia o no de sororidad en la política michoacana. Debería centrarse en las condiciones que permitirían que ésta deje de ser excepcional.

Porque en un entorno donde la igualdad se asume como principio, la sororidad no puede depender de voluntades individuales. Debe ser resultado de un sistema que no la castigue.

Por: Edgar Bravo Avellaneda