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La fiesta de los 50

Una fiesta de cumpleaños.

¿Celebrar la vida o celebrar que uno imagina que se aleja de la muerte?

¿Gancho al ego o pase de lista de cariños, amigos, amores y lealtades?

En fin, una manera de saber cómo anda nuestro “ganado”.

Ayer tuve la mía. La de los 50.

Y qué bonito sabe saberse querido.

Es algo que se paladea. Tiene tonos a dulce, a vino fino y, sobre todo, a hogar.

Hubo mezcal —claro que sí, de Zihuaquio—, carnitas, zapateado y baile. Sabores, música y costumbres de una tierra que uno lleva consigo vaya donde vaya; porque también se celebra desde las raíces y desde ese lugar entrañable al que siempre terminamos volviendo.

Ver a una mamá esplendorosa y a un papá orondo. A los hermanos de vida, a los compañeros de lucha, a quienes te quieren, a quienes quieres, a los que te admiran y hasta a los que fueron simplemente a comprobar si era cierto que llegué a los 50.

Fiesta con baile, con banda, con tragos y abrazos. Sí, señor: hubo llanto. También hubo besos. Hubo carcajadas, música y ese delicioso desorden que se produce cuando juntas, en un mismo lugar, a personas de épocas y mundos distintos de tu vida.

Y hubo algo más. Hubo memoria.

En cada mesa había un pedazo de mi historia. Personas que me conocieron cuando todavía soñaba con lo que quería ser; otras que llegaron cuando ya había ganado algunas batallas y perdido otras tantas. Amigos de hace décadas y afectos recién llegados que, misteriosamente, parecen haber estado siempre.

La noche, eso sí, no me dio para agradecer a tantos.

Me quedaron abrazos pendientes, conversaciones que apenas comenzaron y personas a las que hubiera querido acercarme para decirles, simplemente, gracias por estar.

No pude abrazarlos a todos, ni agradecer personalmente como hubiera querido. No fue descortesía ni mucho menos falta de cariño. La noche se me fue de las manos —como deben irse las buenas noches— y ojalá sepan disculparme.

Porque si algo entendí ayer es que una fiesta de cumpleaños sí tiene algo de pase de lista. Pero no para contar cuántos vinieron. Sino para descubrir cuántos han caminado contigo.

A los 50 uno ya sabe que no todas las lealtades son eternas, que algunos amores terminan, que ciertas amistades se desvanecen y que algunos sueños simplemente cambian de forma.

Pero también sabe que existen afectos que sobreviven al tiempo, a la distancia, a la política, a los desencuentros y hasta a nosotros mismos.

Anoche miré alrededor y, por unas horas, dejé de hacer cuentas.

No pensé en lo que faltó, en aquello que no conseguí ni en el hombre que imaginaba ser cuando era niño.

Miré lo que sí estaba.

Mi madre. Mi padre. Mi familia. Mis amigos. Mis afectos. La gente con la que he trabajado, luchado, emprendido, discutido, reído, llorado y vivido.

Y pensé: No está nada mal el inventario.

Así que retiro parcialmente aquello de que cumplir años es alejarse de la muerte.

Ayer los 50 tuvieron muy poco de muerte.

Tuvieron música, amigos, familia, lágrimas, tragos, abrazos, besos, recuerdos, vanidad —también, para qué negarlo— y muchísimo cariño.

Y qué quieren que les diga… Qué bonito sabe saberse querido.

Gracias por mis 50.

La vida, después de todo, sabe bastante bien.

Por: Edgar Bravo Avellaneda