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Bienvenidos los 50

A los amores de mi vida: Delfina, Filemón, Irving, Edwin, Mariam, Milo, Lucca y Theo

Siempre odié hacerme grande.

Desde muy joven tuve la extraña sensación de que cumplir años significaba perder oportunidades. Como si la vida fuera un reloj de arena y, con cada cumpleaños, quedaran menos posibilidades del otro lado.

Y además soy vanidoso. Bastante.

Así que tampoco me entusiasma descubrir que cada año suma alguna arruga, unas cuantas canas, grasa donde antes no estaba y resta vitalidad y esa chispa que cuando somos jóvenes creemos inagotable.

Pero hay algo todavía más duro que ver envejecer el rostro propio: ver envejecer a quienes amas.

Con los años también envejecen nuestros padres, nuestros amigos, nuestros afectos. Y uno comienza a comprender que el tiempo no solamente nos transforma: también nos va quitando aquello que creíamos eterno.

Por eso llegar a los 50 me ha obligado a hacer cuentas.

Y debo reconocer que soy un juez particularmente severo conmigo mismo.

Cuando era niño quería ser gobernador o presidente de México. Ninguna de las dos cosas ocurrió.

Durante mucho tiempo pude haber considerado eso un fracaso. Hoy no.

Porque uno llega a cierta edad y comienza a descubrir que la vida no se mide solamente por los sueños que cumplió, sino también por todo aquello que construyó mientras perseguía otros.

No fui gobernador. No fui presidente.

Pero he tenido el privilegio de servir durante muchos años desde distintas responsabilidades públicas. He emprendido, me he equivocado, he vuelto a comenzar y hoy más de cien personas tienen un trabajo en empresas que alguna vez fueron solamente una idea.

He conocido el éxito y también la caída. He ganado batallas y he perdido otras. He descubierto que ningún cargo es eterno, que el poder dura mucho menos de lo que imaginamos y que hay cosas infinitamente más valiosas que cualquier nombramiento.

Un abrazo sincero, por ejemplo.

Llegar a un lugar y encontrar amigos que genuinamente se alegran de verte.

Saber que algunas personas te quieren no por lo que representas, sino simplemente porque eres tú.

Y tener todavía la enorme fortuna de abrazar a mi madre.

También están mis tres perros: Milo, Lucca y Theo. Ellos me recuerdan todos los días que el amor no necesita discursos, explicaciones ni grandes gestos. A veces basta una mirada, una cola que se mueve, una bienvenida al llegar a casa o la compañía silenciosa junto a la cama.

Eso último, a los 50, vale más que muchas de las cosas que soñaba a los 20.

Tal vez por eso estoy comenzando a reconciliarme con la edad.

Cumplo 50 el 15 de septiembre.

Nací el mismo día que Porfirio Díaz, lo cual quizá explique mi natural inclinación por las contradicciones.

Soy de izquierda y de derecha. Creo profundamente en la justicia social, pero también en la inversión, en la empresa, en el trabajo, en el orden y en un Estado capaz de dar resultados. Alguna vez, intentando ponerle nombre a semejante mezcla, terminé definiéndome como un socialdemócrata desarrollista.

Aunque, pensándolo mejor, probablemente mi definición más precisa sea otra: soy un sentimental de cepa.

A los 50 sigo teniendo sueños. Algunos incluso igual de absurdamente grandes que cuando era niño.

Sigo siendo vanidoso. Seguramente seguiré peleando contra las arrugas, las canas y la grasa con todos los recursos que la ciencia y mi cartera permitan.

Pero algo ha cambiado.

Ya no quiero medir mi vida únicamente por aquello que me falta. Quiero aprender a medirla también por lo que tengo.

  • Por mi familia.
  • Por mis amigos.
  • Por las personas que me han acompañado.
  • Por quienes me han permitido servirles.
  • Por los empleos que he podido generar.
  • Por mis tres perros, Milo, Lucca y Theo, que hacen más amable la vida cotidiana.
  • Por las veces que me caí y tuve el carácter para volver a empezar.
  • Por los abrazos sinceros que todavía recibo.

Y, sobre todo, por seguir teniendo ganas.

Quizá cumplir 50 no sea comenzar la cuenta regresiva. Quizá sea llegar, finalmente, a esa edad en la que uno deja de preguntarse obsesivamente cuánto le falta para convertirse en quien soñó ser y comienza a reconocer, con un poco más de indulgencia, al hombre en el que realmente se convirtió.

No es perfecto. No consiguió todo. Todavía tiene cuentas pendientes.

Pero está aquí. Ama, trabaja, sueña, se equivoca, vuelve a empezar y todavía se emociona.

Visto así, cincuenta años ya no parecen tantos.

Así que, por primera vez, no voy a pelearme con mi cumpleaños.

Bienvenidos los 50.

Vengan con sus arrugas, sus canas, sus recuerdos y sus incertidumbres.

Yo todavía tengo sueños pendientes.

Y, sobre todo, todavía tengo ganas de ir por ellos.

Por: Edgar Bravo Avellaneda