La abogacía en tiempos de polarización
A propósito del Día del Abogado, mismo que en México se conmemora cada 12 de julio desde 1960, vale la pena reflexionar sobre el momento que vive la abogacía. Más allá de celebrar una profesión indispensable para la democracia, el contexto actual nos obliga a preguntarnos si quienes ejercemos el Derecho estamos preparados para defender el Estado de derecho frente a la polarización política y los profundos desafíos de nuestro tiempo.
Vivimos una época en la que el Derecho enfrenta una de sus pruebas más complejas. La creciente polarización ha colocado a la abogacía en medio de dos fuerzas que, desde extremos ideológicos distintos, coinciden en un mismo riesgo: debilitar el Estado de derecho.
Por un lado, gobiernos identificados con la izquierda impulsan reformas aceleradas a sistemas jurídicos construidos durante décadas —e incluso siglos— bajo el argumento de democratizar la justicia. En el extremo opuesto, expresiones de la derecha radical recurren al autoritarismo, relativizando derechos humanos y libertades fundamentales en nombre de la seguridad o la soberanía. Los extremos, aunque opuestos en su discurso, terminan compartiendo una misma tentación: subordinar el Derecho a los intereses del poder.
En ese escenario, los tribunales y organismos internacionales tampoco atraviesan su mejor momento. Con demasiada frecuencia sus resoluciones son ignoradas, descalificadas o desafiadas por gobiernos de uno y otro signo político, evidenciando los límites de la arquitectura jurídica internacional para contener los excesos del poder.
Pero la reflexión no puede limitarse a los gobiernos. La propia profesión jurídica enfrenta una crisis silenciosa. La proliferación de programas de Derecho con escasa exigencia académica, planes de estudio improvisados y el desinterés de muchos estudiantes por una formación sólida han debilitado la preparación de numerosos abogados, precisamente cuando la complejidad del mundo exige mayores conocimientos, actualización permanente y un profundo compromiso ético.
Hoy, un título profesional ya no puede representar el final del aprendizaje.
Por ello, México debe abrir un debate serio sobre la profesionalización permanente de la abogacía. La colegiación obligatoria, acompañada de procesos periódicos de certificación y actualización, podría contribuir a garantizar abogados más preparados, competentes y comprometidos con la sociedad. Ello implicaría revisar la Ley Reglamentaria del Artículo 5° Constitucional para transitar de una cédula profesional permanente hacia un esquema de certificación renovable, sustentado en evaluaciones continuas, capacitación y conducta ética.
La abogacía no puede ser rehén de la polarización ni conformarse con la mediocridad. Su misión es defender la Constitución por encima de las ideologías, proteger los derechos humanos frente a cualquier abuso del poder y preservar el equilibrio institucional que hace posible la convivencia democrática. Como reza un antiguo principio jurídico: la buena ley es superior a todo hombre (José María Morelos y Pavón). En esa convicción descansa la verdadera grandeza del Estado de derecho.
Celebrar el Día del Abogado debe ser también renovar nuestro compromiso con la excelencia profesional. Porque cuando la política se polariza, el Derecho debe convertirse en el punto de encuentro, nunca en la primera víctima.
En este 12 de julio, expreso mi más sincera felicitación a mis grandes amigas y amigos colegas juristas, quienes desde la academia, el litigio, el servicio público, la impartición de justicia, la investigación y la defensa de los derechos humanos honran diariamente la nobleza de nuestra profesión. Mi reconocimiento a su vocación y compromiso, con el deseo de que nunca dejemos de estudiar, de cuestionar y de defender el Derecho como el más sólido dique frente a los excesos del poder. ¡Feliz Día del Abogado!
Por: Edgar Bravo Avellaneda








